En el que se explica que este libro no tiene cosa digna de leer ni que corresponda al original.
Mi abuela parió en todos y cada uno de los meses del año menos en marzo, julio u octubre, en ninguno de los meses se repite y el pasmoso lustre de su hazaña continúa brillando varias generaciones después. Su agosto le llegó gracias a la sonrisa de un carpintero lánguido, responsable de la ristra de muchachos tal cual meses tiene el año y entre los dos coartaron una fiel vocación por las matemáticas que ha llenado la casa de ingenieros y astronautas. Se cuela uno que otro poeta en la tramoya pero por lo general llegan con la línea inferior de los ojos ensombrecida hasta las orejas, pasadas las tres de la mañana y apenas capaces de pronunciar las últimas sílabas de las palabras.
Somos entre todos un suma, resta y multiplica sabroso, y por lo general, bien entonado. Envejecemos pronto, nos encanta oler bien y nos asombra mucho la velocidad. Como suele ser el caso de otras muchas historias, escribo esta para que no se nos olvide. Este mal hecho libro de arena es tan escurridizo como el mar y para lograr escribirlo hacen falta cantidad de miradas, cantidad de manos, cantidad de costureras que finalmente nos ayuden a componer el vestido de esta gran fiesta que somos y a tal efecto, estimada lectora, mi corazón muere de agradecimiento por ti.
Les cuento que aquellos primeros 9 hijos se convirtieron en 48 nietos los primeros 16 años de la próxima generación y en cuanto a sus nombres, se había decidido que a los hijos varones se les pondría el apelativo del abuelo patriarca, o del hijo o yerno ahora padre según fuera el caso. También se incluirían algunas variaciones del nombre masculinizado de la madre en la prole. A las mujeres no hizo falta ponerles nombres indelebles, abundaron por doquier las Marías en inacabables variaciones y se confiaba mucho en los diminutivos. Desde el momento de su nacimiento se sabía y se esperaba que algún hombre en algún momento se encargara de ellas, con lo cual no hacía falta preocuparse por ponerles nombres adecuados, aunque también es cierto que como en todo, ha habido una que otra excepción. Abundó ocasionalmente algún nombre compuesto de los que se pusieron de moda en el momento en que comienza propiamente esta historia y puesto que todas las historias tienen que empezar por el comienzo, lo mejor es que aclaremos de qué y quiénes se trata. Por ahí a mediados de un siglo pasado un país, casi entero, quiso meterse dentro de un dueño, perdón, quiero decir sueño, absoluto señor del capitalismo y el dólar. El experimento neocolonialista dio frutos urgentes y rápidos. Además, se confirmaron las sospechas de que en los terrenos fértiles e híbridos habrían de darse mutaciones y resultados inesperados a granel y de inmediato.
La charca dio lugar al río, el puente de soga lo transformamos en uno de hormigón y cemento por el cual ha transitado más de un maquinon de carro y al unísono también hasta llegamos a comprar casitas de asueto frente al mar; pero primero tenemos que adornar la ruta por la que cogimos cuando empezamos a cruzar puentes. Resulta que la línea que demarcaba la finca de los abuelos era un río, porque sí, en ese entonces hasta ríos teníamos y este era tributario de otro más grande que ya nadie recuerda cómo se llamaba pero que algunos creen que era el Usabón. A mí me hubiera encantado que fuera el Cibuco porque de este último se decía que “el río Cibuco escribe en letra dorada”; no. Mentira. Y si hasta ahora no hubiera quedado claro, debe entenderse que todo lo que digo aquí es mentira, puro cuento y sin razón, pero qué hermoso hubiera también sido que se tratara del Manatuabón. “¿Pero cuál era, cuál era?”, preguntan los del coro que oyen la zozobra que causa la desaparición de nuestros ríos, “espérate chica, deja que te termine el cuento”, le contesta el salsero.
Y que conste. Hasta que se lo lleve la tormenta, ese puente de la finca y sus machaques serán testigo de lo que resolvimos y muy fieles a lo que no pudimos. Comienzo por ofrecer a todos que para entender el primero, el de soga, me cuentan que el verbo fundamental para descifrar ese tipo de construcción empieza con c y termina en el predecible sufijo -ar. Se trata de concatenar. Concatenemos las historias pues.