Capítulo 2 Los nombres de las hijas que han tenido que irse


En el que se cuenta un asunto que casi nadie sabe ni entiende porque tiene que ver con el cuestionamiento de la maternidad

Cogimos por la carretera número dos. Nos fuimos derechitos en el primer vuelo disponible al continente herrero. Me gané la vida como pude tarareando entre muchos quehaceres. Tu padre y yo nos conocimos justamente por mi amor a los números y si bien yo di 787 vueltas y siempre me apasionaron los oficios no bien remunerados como la escritura, la enseñanza y el amor por los diccionarios, un día llegué en guagua a las puertas de tu casa. Puesto que nunca había dejado de ser buena con las matemáticas, en un momento de necesidad en que apenas tenía para pagar el alquiler, me puse a buscar trabajo temporero y acepté ayudar a tu papá como tenedora de libros y secundar sus cuentas. El deslumbrante orden que le di a sus cosas causó que confundiéramos el hambre con la necesidad y al cierre del año terminamos besándonos.

El 14 de aquel febrero augurioso comenzaste a crecer en mi vientre. Los recuerdos de los próximos tres meses son un poco borrosos porque tu cuerpo y el mío libraban un batalla tormentosa y hedienta. Además, a los patriarcas, sobre todo a los más ignorantes, les complace disputar la veracidad y alcance de las sensaciones que en mi dejaste, con lo cual, te agradezco enormemente que las estrías y las marcas en mis órganos sean tan incuestionables que tu presencia no se pueda negar.

La última vez que te soñé fue cuando me dijiste adiós desde la ventana de un último vagón de un tren por el cual transitabas por Europa con motivo de haber cumplido tus 21 años y habías pedido aquel viaje como regalo de haber completado tu bachillerato de universidad. Tu padre sin chistarlo se había asegurado de que no te faltara nada para el camino. Eras alta, dichosa, rubiona, un tanto chacharera para mi gusto y te parecías muchísimo físicamente a tu tía estadounidense Anne. La mañana siguiente de aquel hermoso momento en que viniste a despedirte te perdería sin remedio y la supuesta primavera de aquel año, la casa matrimonial fue a parar a las manos de la crisis bancaria de la época y a tu abuelo materno le diagnosticaron cáncer. La mañana de aquel mismo día que venían los del banco, empacamos un par de cosas, nos mudamos tan pronto como pudimos a mi apartamento de soltera y tu papá empezó a romper paredes y todo lo que se le ocurriera a su paso. Le tomaría 11 años aceptar que lo que había destruido en el interior del apartamento era un reflejo de lo que sentía por dentro y en el fondo nunca pudo reconstruirlo. A él, también lo perdería poco después de tu partida y aunque siempre hemos podido contar el uno con el otro, ya no podríamos vernos, comer juntos o disfrutar del calorcito que hilábamos todos los días.

Se llamará Helena con H

En su momento habíamos decidido que te llamarías Helena con H porque yo lo había visto en un cuento que leí de niña, lo asociaba con las grandes mujeres de la historia y esperaba que vinieras al mundo de seguro a dar troya y candela. Cuando se enteró de la decisión, tu papá se sonrió ligeramente asintiendo en tono de aprobación puesto que el tuyo era también un nombre que transitaba mucho entre las mujeres gallardas de su familia, de las cuales heredaste no poca lisonja y galantería. Fuiste un milagro de la geriatría pues como bien sabemos no en pocas ocasiones yo he tomado la ruta más larga para llegar a los sitios. Los que me lo reprochan no entienden que perderse es en efecto parte del camino; excepto que en lo de no haberte logrado probablemente tenga que darles la razón.

A tu abuelo desde luego le encantaste y tal cual brujería disfrutó, si bien no por mucho tiempo, el verte dar saltitos por el mundo hablando en oraciones largas, complejas y completas, llenas de endecasílabos y esdrújulas con la singular manera que tenías de comerte el universo. Cuando te vio, dictó una de sus cátedras más famosas en la que decía: “regálale a tus hijos lo que quieras, llénale la casa de juguetes si te place y te ayuda a llenarte la boca y las orejas. Pero no les mientas. No les mientas. Dile que no a la mentira” y volvía a sonar a anuncio de radio. “La mentira hace daño y emputece la sangre, decía el maestro. Mentirle a tus hijos no es solo ocultarle ciertos datos.

Cuidado. Mentirle a tus hijos es también negarse a crecer con ellos, no aceptarlas como son y ningunear los hechos que te intentan explicar. Mentir es sobre todo, y también, aceptar y ser partícipe de la corrupción a tu alrededor en pos de una defensa de cosas materiales para ellos. Asegúrate de por lo menos hacer el esfuerzo de entender lo que te dicen tus hijos”. No empece la cadencia de sus hermosas y pegajosas frases, el mío nunca escuchó lo urgente que era crear este último testamento, por escrito y claramente firmado ante un notario.

La ética de uno que otro patriarca había dictado que de esas cosas, sobre todo las rotas, las inalcanzadas, no se hablara. Y por ahí también iba la explicación de por qué no creíamos, ni queríamos, que existieran testamentos. Firmar un testamento era como contraer matrimonio con el futuro; y todos sabemos la ruina que podría augurar un divorcio. 

— “¿Qué dices? ¿De qué tú estás hablando?”

Si para eso teníamos la palabra de nuestros hermanos y la promesa de que jamás perderíamos el sentido y de que no nos volveríamos enemigos, antropófagos de nuestros propios cuerpos. En pocas palabras, confiábamos ciegamente en que la brújula obsoleta que nos guiaba, se encargaría por siempre de que nunca termináramos dejando que se nos vieran las costuras y pudiera distinguirse a simple vista lo horrorosamente caníbales que somos, a la manera y usanza de la peor fama de nuestros antepasados en el distinguidísimo Archipiélago de Las Antillas.

CAPÍTULO 3