Donde se da cuenta de la graciosa manera en que cruzaron el puente a pie, festejaron mucho por el camino y se fueron para la universidad
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Bueno pues en ese momento en que se decide darle algo de comer a la gente, ponerle vacunas y esterilizar a las mujeres, también se les ocurrió que se vería bonito ayudarlos a que asistieran a la universidad. Lo menos que se imaginaban los generalísimos era que aquella oportunidad terminaría siendo el culo por el cual saldrían los tiros, su culata mejor dicho.
Primero fuimos a La Academia, y entre las garatas que se forman cuando discutimos algo de lo cual no estamos seguros, los sobrevivientes todavía no se han puesto de acuerdo sobre un detalle importante, ¿quién pagó la matrícula de los que fueron a La Academia? Un niño de cinco añitos cruza el río por el puente de soga y se va despacito caminando. Lleva agarraditas las manos a manera de copa sosteniendo muy cuidadosamente en el centro un preciado huevo que acababa de poner la gallina hacía 7 minutos. Y tras recorrer el tramo de la carretera pinchando entre los labios la determinación de que no se le cayera y se fuera a romper lo que sería el desayuno de sus hermanos, el niño se planta firme frente al mostrador, alza la cabeza e implora, “dos de pan y uno de mantequilla” y casi con una sonrisa ofrece el huevo a cambio. El ventero bien sabía el resto de la historia. Y era que 1 huevo, que se cotizaba por aquel entonces en 3 centavos, terminaría haciendo amagos de nutrir por lo menos cuatro bocas, la de su madre, la del niño y las de sus dos hermanos. También anunciaba la exagerada confianza que ponemos siempre en los carbohidratos pero para saber eso tendríamos que ir a la universidad, que es el tema al que vinimos.
A cada ocasión le llega su sombrero
Para mi padre estaba claro que a cada fiesta le tocaba su sombrero y dado que en nuestra casa hubo fiesta los 365 días del año pronto no nos quedó espacio para almacenar los sombreros que ya se habían usado para cada una de las fiestas anteriores y que por su belleza hubiera sido un crimen desechar. Entre todos los festejos se incluyeron, por supuesto, las celebraciones de las vísperas del año próximo y las recogidas del año que vendría después.
Éramos el punto dulce de la comarca y aquellos que disfrutaron estas famosas epopeyas, todavía conmemoran el olor de un plato servido a la temperatura exacta, con un olor a un sofrito fresco que atravesaba los sentidos y alteraba para siempre la memoria. Una sazón sinónimo de razón redefinía los límites de los posibles usos del recao y el mínimo mismísimo toque de orégano que acompañaban las insuperables habichuelas frescas con arroz, que no es lo mismo que arroz con habichuelas en ninguna parte. Aquellos excesos de generosidad y júbilo causarían en parte la ruina que se avecinaba pero no sin que antes llegara el amanecer con la promesa de una nueva fiesta; todos los días al rayar el sol.