Capítulo 5 Del imposible abismo de no tener bibliotecas ni poder evitar que se mojen


En el que se explica cómo una noche vino a verme Doña Bárbara y me quitó el sueño y la manera de hablar

Soy carpintera de las palabras, arquitecta de las sílabas, compositora de cadencias y fiel admiradora de los sonidos al hablar. Naturalmente también tengo que ir al supermercado, poner a lavar las sábanas y pasarle escoba y mapo a los pisos. Por perfectas instrucciones que les doy ninguna de esas cosas se hace sola. No obstante, creer en la magia a nadie le ha hecho daño; excepto claro, a las mujeres. Lo cierto es que no importa qué tarea ocupe mis manos, paso horas metida en los sonidos de las palabras, séase mientras cumplo con lo que está en el fregadero, sintiendo mis manos hincharse con los gases que emanan de las cebollas o doblando la ropa. En lo académico, en la escuela casi siempre me fue bien y sin contar los dolorosos y abusivos gestos de los pequeños caballeros que nunca llegaron a serlo, me encantaba todo lo que tuviera que ver con las clases, las asignaciones y las oportunidades para contestar preguntas.

Llegar a la escuela era llegar al cielo; estaba llena de los raros artefactos que desde ese entonces, cuidadosamente colocaría alrededor de mi, cual ladrillos que protegen un alma frágil. En la escuela había algo de dulce olor y poderoso, había libros. No eran muchos, y casi como si los hubieran dejado allí por accidente en la biblioteca, al final de cada tablilla, se ponían ganchos que servían para mantener los pocos libros que había erguidos y llenos de esperanza de que algún día llegaran otros a cerrar la batalla de colmar los estantes. Con los que había, sin embargo, fue suficiente para despegar en la vida.

Érase una vez que una cierta editorial española unió esfuerzos con el Departamento de Educación y se publicaron 26,000 ejemplares en carpeta dura y con ilustraciones del que todavía no era clásico, Polizón del Ulises, para satisfacción y licencia de todos los niños en tercer grado que asistían a las escuelas públicas. Fue mi primer libro. El Polizón me dio la oportunidad de montarme en un barco en secreto, ¡sin que Mami lo supiera! Y atravesar montes, escuchar nuevos sonidos en la noche, pasar hambre y buscárselas entre desconocidos. No. Si es que ahora que lo pienso, era un perfecto manual para entrenarse como ciudadano de nuestro país, un perfecto preludio. Supongo que todos los libros que se leen a tierna edad pueden ser agentes de estupefantes cambios; pero no les demos ideas a los de la censura que ya con lidiar con la realidad tenemos bastante.

El de Ana María Matute dio paso a Mujercitas y así media docena de cosas que se conseguían semanalmente bajo el sello Salvat y se podían comprar en el supermercado. Pasaron por mi imaginación y mi regazo lo que parecían mundos infinitos bajos títulos tales como la “función de la arquitectura moderna” ofreciéndome giros conceptuales que hasta hoy me persiguen. Todo un edén hasta que Mami me escuchó vocalizar F-r-e-u-d tal cual las letras e y u se pronuncian en español. Obvio que de esa manera mi temprana intuición me dictaba y ni corta ni perezosa decidió mi madre que por perfecta que fuera la explicación que le estaba dando yo del psicoanálisis, y que declamaba tan perfectamente leyendo el parrafito de resumen que había en el dorso, a ella no le cabía ninguna duda, aquellas lecturas había que censurarlas.

Que soledad. Me dejó en el casillero los libros que tenían que ver con “grandes temas” como la arquitectura pero desapareció aquel otro célebre por tratar de la sexualidad humana diz que porque si no tenía edad o conocimiento para pronunciar el nombre del autor correctamente, tampoco tenía edad para estar leyendo esas cosas. Lo que no pudo llevarse y no ha podido llevarse ningún huracán que ha pasado por mi vida fue mi pasión por la lectura. Así que menos mal que me quedaba la compañía que me hacía la Enciclopedia Británica de páginas golosas que habían comprado hacía unos días. Larga y ancha ha sido mi pasión por los libros y en más de un lío me han metido, pero mi fervor y celo ardiente por la lectura nada ni nadie la entorpece. María el huracán sin embargo, por poco lo logra.

Mientras tanto así tranquilamente entraba yo a la temprana adolescencia, casi sin libros porque simple y sencillamente no los había. Un buen día sin embargo nos dieron una asignación en la escuela y se me ocurrió decirle a Papi que iba camino de una reunión importantísima en la capital si podía pasar por alguna librería y comprarme un ejemplar de algo famoso que me habían dicho se intitulaba Peribañez y el Comendador de Ocaña. Intenté elevar el nivel de persuasión con el invento de que sin tener de dónde sacarlo nos habían pedido que entregáramos un análisis del asunto entero. 

— La respuesta de Papi fue, “¿Quieres que pase por el área de la universidad a ver si te lo consigo?”

— Y la niña, obviamente sin saber de lo que estaba hablando, “contra, pues si no te queda muy lejos de Fomento, ¿podrías preguntar en algún sitio si lo tienen?” He aquí la desmedida voluntad de esta niña malcriada, a quien su padre adoraba, mezclada con la ignorancia sin límites que era el elemento clave de su joven aún arrogancia, pensado, ¿dónde queda exactamente todo eso de lo que Papi está hablando? El amor de mi padre que fue el más grande del universo maquinó que aquella noche apareciera un ejemplar que nos cabía en la palma de la mano, encuadernado en rojo brillante, de los dramas históricos de Lope de Vega.

Te está cayendo un clililín de sangre por las orejas

Y fue así como por motivos lo suficientemente ingratos como para exigir abundar en ellos, resulta, que al Departamento de Educación se le ocurrió un día que lo que se necesitaba para evitar el malsonante hacinamiento en las escuelas públicas del país era pasar de grado lo más rápido posible a los estudiantes, lo más rápido que se pudiera justificar. Y, con ese objetivo en mente se inventaron un chiste llamado los “módulos”. 

Llegabas a la escuela, y en vez de conversar, había letreros que te indicaban cuál era tu salón. Nos sentábamos en fila con los pupitres mirando estrictamente hacia al norte del aula en el que había un escritorio sin maestra, al frente del cual lucía una pizarra limpia como falda de domingo. Si inclinabas un poco la cabeza buscando el punto de fuga de este cuadro, podías vislumbrar una columna de panfletos publicados en el papel que le sobraba al Departamento de Rentas Internas, como el de los periódicos de la época, pero suavecito y desinfectado tal cual le hubieran pasado Clorox y allí, voilá, colocaditos como serenos naipes unos encima de los otros, estaban los módulos.

Cada módulo se supone que te mostrara cómo adquirir una destreza, palabra nueva que acompañó el comienzo de nuestra travesía por los panfletitos que una vez completaras certificaban que habías cumplido con los requisitos de la escuela intermedia y podrías ir camino de la Escuela Superior, designación que escribíamos todas con letras mayúsculas porque allí sí que íbamos a ser felices. 

Ni cortas ni perezosas terminamos todas la escuela intermedia en un santiamén y caminando en fila india cruzamos el pueblo hasta el otro lado y nos fuimos a matricular a la nuestra y muy famosa Escuela Superior. Antes de pasar por el portón de verja metálica de la entrada, sobresalía augurando los tiempos de cambio un mural del distinguido pintor de nuestro pueblo que representaba a Don Quijote hablando con Sancho tal cual las horas pudieran pasarse todas contemplando la belleza en la vida. Agradezco tanto a Cecilio Colón que nos hubiera hecho aquel regalo. Era perfecto anuncio de lo que como se ha mencionado anteriormente, pasábamos. Y al pasar, ya lo dijo Antonio Machado, todo queda. Aquel portón nos dirigía sin prisa al recinto donde íbamos a conocer de lleno la felicidad. Esto, todo, no era poca cosa considerando que aunque no teníamos ni idea de que cruzábamos un puente antes de tiempo, franqueando el consejo popular de que nunca se debe cruzar un puente antes de llegar a él, a todas nos había entrado la fiebre de ser adultas y dispuestas estábamos, de ser necesario, hasta montar a Rocinante.

Llegamos y había que hacer matrícula. Oséase que tenías que hacer fila frente a un salón improvisado y que en sus orígenes muy probablemente había sido un contenedor de Navieras. Cuando te llegaba tu turno, podías entrar y pedir a las entonces desconocidas maestras que te firmaran tu boleto de matrícula. Los golpes que nos tocaría vivir, pronto convertirían aquellas desconocidas en amigas de toda la vida, pero de momento, mientras esperábamos bajo el bendecido sol de nuestros trópicos, cansadas y hasta un chililín deshidratadas, nos recostamos contra la pared de ese contenedor que habían colocado en el tope de un pequeño monte. Este gesto a su vez había creado un batey improvisado al pie de la no muy elevada montaña. El espacio abierto quedaba frente al pantalonudo risco de barro rojo que inevitablemente se derretía como mantecado mal velado cada vez que caía un buen aguacero. De momento todo tranquilo; pero cabe indicar que en la llamada construcción y elaboración del batey, del lomo afeitado y la disposición de estructuras para que hiciéramos filas y esperar, habían caído y quedado sueltas cantidad de piedras de nuestro volcánico suelo.

Y así de pronto desde el fondo del batey se escucharon gritos de “a las riquitas, a las riquitas” seguidos de piedras que al parecer fueron todas a dar a mi cabeza. Mi queridísima amiga de adolescencia me miró aterrorizada a los ojos y le escuché en su voz baja, siempre serena, algo así como, “¿Qué es eso? ¿Nos tiraron piedras?” Y yo, que no supe distinguir entre las piedras o el dolor de la confusión que todo aquello me causaba, siguiendo el curso de la mirada que mi amiga me había plantado, me puse las manos en la cabeza y tras retirarlas con el susto me di cuenta de que por mis orejas bajaba sangre. 

escucha la lectura en voz alta del próximo párrafo:

Me sentí un poco mareada, pero se me espantó el miedo cuando escuché a mis padres decir aquella noche que quizás era hora de contemplar, de una vez, que me fuera a estudiar a un colegio de la capital. Las piedras, la sangre y sobre todo las risas de mis niñas, habían logrado que mi sueño se despertara, y ya no era imposible, y podía cantar a todo pulmón “ese es mi fin, ese es mi afán; más alto que el cielo, más limpio que el sol” y al pasar una jinete triunfal con su espada y su cruz aprendería a dar la vida por un ideal. La noticia de aquella noche presagiaba que quizás pronto me enfrentaría al jardín de los placeres, hasta entonces prohibidos, una lista de lecturas obligatorias, aquellas que incluirían instrucciones como las de leerse a Doña Bárbara este verano y el próximo verano otra lista de lecturas obligadas en las que podía vislumbrar hasta Cien años de soledad. Me iba al mundo en el que a las jóvenes se les asignaba que leyeran libros, completos, de rabo a cabo, a cada rato y así evitar que tuvieran tiempo de ver telenovelas. Iría camino de mi utopía, no sin que antes me memorizara el poema más largo de nuestra historia, dedicara mi lectura a su autor, maestro y poeta Juan Antonio Corretjer y lo declamara frente al silencio y apoyo de las amigas que me enseñaron a cantar a coro, a jugar briscas y a llorar por lo que vale la pena. Mis amigas lo serán por siempre y aquella tarde quedará indeleble en mi memoria como testigo de hasta mi propio asombro cuando me azota la tristeza o la melancolía. Y a mí, si quieren, que me digan perra.

La saga sigue con el recuento de cómo perdemos archivos, y consecuentemente, de cómo el sopetón climático nos borra la memoria cada vez que cae un aguacero y de cómo el Señor Huracán de muy inapropiado nombre María arrasó con los pocos documentos que quedaban]

Ya a una semana después de que pasara el huracán y sin saber nada de ti; empezamos a intentar reconciliarnos con la peor noticia.

Capítulo 6