Donde se elucubra la hipótesis harto no probada de las incompatibles maneras de entender el mundo que parece existirán siempre entre nosotros y de cómo durante el despiste presenciamos la desaparición de nuestras aguas
Los estudios del genoma habían abierto la puerta a la elucubración de qué recuerdos llevamos en el ADN y a quién mataremos en la próxima contienda que se forme a la salida de un concierto o de las fiestas patronales. Aquella tan cara sensia había confirmado que en realidad, por más siglos que hubieran pasado, poco había cambiado la desunión entre los dos planetas de contrarias posturas éticas que habitábamos desde los tiempos de nuestras bisabuelas taínas y que se remontaba a la estereotípica oposición entre férreos guerreros y científicos serenos. El detalle era que ambas sangres nos corrían por las venas.
Antes de que la isla se cayera por el roto volcánico del que salimos, fuimos y seremos un puerto cargado de esperanzas. Durante los años de la Tía María a quien quisimos tanto y mientras sus sobrinos fueron jóvenes seguíamos siendo la vitrina de aquel mar. Siempre que quisiéramos (y conocieras al debido circunscrito para que te enganchara a puerto seguro cuando lo necesitaras) a la isla se podía entrar por cualquier parte de la costa reportárase o no oficialmente. Llegabas y te esperaba siempre recinto plácido y bien provisto de sabor y circunstancias. Aquella época moderna en que fuimos testigos de cómo se había roto el fondo del mar y los subsuelos, en que aprendimos a nadar encima de explosivos olvidados en lo que ya no eran aguas sino una gran viscosa mezcla de sinsabores, fue época de épica e histórica bonanza.
Y es allí donde encontramos a María la más hermosa, a quien en casa llamábamos Caracaracol porque era digna dueña de los mejores ecos cuando cantaba, sonidos todos, porque así de predecibles éramos, que nos evocaban el viejo mar del que nos habían hablado. Pero el de Caracaracol era un nombre que susurábamos casi en secreto y que no queríamos que se supiera que así le decíamos en el pueblo, porque había sido error de Ernesto llamara así cuando era chiquito y que le pareciera gracioso aquel nombre que según un fraile de apellido Pané había explicado que quería decir sarnoso; horror de horrores.