De cómo fueron empecinándose tanto con la idea del progreso que se olvidaron de planear para dejarle algo de aire a las próximas generaciones
El 30 de enero de 1964, apenas a un mes de haberse casado, aquel matrimonio podía hacerse de una casita en una de las tantas urbanizaciones que empezaban a brotar como yerba mala por todo el área metropolitana cogiendo prestado y firmando una hipoteca por $604.00 dólares a quince años. Desde luego, un empleado del gobierno federal, graduado de universidad, se ganaba $187.00 al mes y se sentía rico. La Junta de Planificación –, y está claro que debemos contemplar muy seriamente lo que ha hecho esta señora a través de los años aunque de momento en esta historia lo que hacemos es celebrar que –, informó ese año que el ingreso neto real por habitante había crecido un 6.5%, léase por debajo solo de Alemania, Japón, Israel y Grecia.
Hay que empezar por ahí, ahora teníamos lo que se llamaba una supuesta área metropolitana y en ella abundaban pilas de hormigón armado que se aglutinaban en las recién delineadas callecitas por las que apenas se podía pasar. Y con tanto éxito levantábamos pared tras pared que albergaban ventanas de aluminio mediante las cuales nos podíamos encerrar y nos enamoramos de esas mismísimas ventanas que a su vez pedían a gritos, y es más, urgentemente exigían, un aire acondicionado.
Pronto quedamos fascinados con aquellas ventanas que eran bocas de labios pequeñitos y afilados por las que entraba el desastre climático que casi acabaría con el globo terráqueo en menos de una generación y que después del huracán no teníamos sitio ni manera de desechar. Pero qué contentos estábamos.